Aún recuerdo como comenzó todo.
Era un día Martes y el pronóstico anunciaba que sería un día de mucho calor, con temperaturas máximas cercanas a los 35ºC.
Como todas las mañanas, me dirigía hacia el trabajo. Por la mañana el clima era agradable y las funestas temperaturas se harían presente al mediodía.
Al bajar del autobús, comencé a sentir un malestar en el pecho. Sin previo aviso y sin posibilidad de defenderme, caí al suelo ante la mirada de los otros transeuntes.
Éstos no reaccionaron y muchos siguieron de largo. Solamente un muchacho joven, de mi edad (aunque yo ya no me considere de tan corta vida), se agachó y me intentó hacer reaccionar.
No vestía mal, no llevaba mala pinta ni tampoco tengo una cara de pocos amigos o marcas amenazantes en el cuerpo. Era una persona común y corriente que sufrió un ataque al corazón en el medio de la calle y solamente una persona se acercó a ayudar.
Luego del primer movimiento, se acercaron otros tantos, aunque la mayoría miraba con curiosidad más que queriendo aportar algo útil. Hubo mucho murmullo alrededor y la gente se hizo más presente al aparecer la ambulancia.
El joven muchacho sintió mi falta de respiración e intentó practicarme resucitación. Desconozco si sabía lo que hacía, pero su accionar era meritorio de una medalla. Igualmente era tarde y mi alma ya había abandonado el cuerpo que pasé tantos años en tonificar.
Tanto tiempo perdido en el gimnasio, tantas horas de esfuerzo y noches de hambre para poder tener un cuerpo agradable a la vista. Al morir, solo pude reir.
Los paramédicos tapaban mi cuerpo sin vida con una sábana blanca y lo colocaron en la camilla, ya dispuestos a retirarse de la escena. No había nada más para hacer.
El muchacho insistió en ir en la ambulancia y permanecer junto al cuerpo hasta que alguien lo reclame. Había tomado mi mochila con mi billetera y mi teléfono celular y se disponia a esperar recibir algún llamado para informar la noticia. Nuevamente, su actitúd era digna de mérito y reconocimiento.
Las horas pasaron y el teléfono sono mil veces. Lamentblemente eran todos mensajes y, al no saber la clave de desbloqueo, no se podían responder. Finalmente el móvil sono. Se trataba de mi prometida. No se si fue bueno o malo que ella sea la primera en enterarse de la noticia, pero así ocurrió.
Al principio no lo creía y pensaba que me habían robado el celular. Sin embargo, al final fue puesta al oído de un médico y cayó. Pocos minutos después llegó, desesperada y a los gritos, preguntando por mi. Una mujer mayor la recibió en brazos y la abrazó mientras que ella lloraba. La llevó hasta mi cuerpo sin vida en donde mi prometida lloró hasta desmayarse.
El muchacho que me había acompañado lagrimeó al ver la triste escena.
Al cabo de una hora, ella recobró el conocimiento y comenzó a preguntarme que pasó. Estaba triste pero ya no le salían lágrimas. Sus lagrimales se habían secado.
El joven le explicó lo que pasó y se ofreció a llamar a los conocidos para informarles de la noticia. Sin fuerzas ella le mostró el código de desbloqueo del teléfono y le susurró los nombres de quienes llamar. Mis padres fueron los primeros. Al llamarlos, el muchacho les dijo que yo estaba internado en el hospital. Ellos no lo creyeron y supusieron que era algo peor lo que sucedió. Llegaron por separado. Primero mi padre, quien dejó su auto estacionado en un lugar propenso para ser llevado por la grua y minutos más tarde, mi madre, que no esperó a recibir el cambio al bajar del taxi.
Ambos vieron a mi prometida aferrada a mi cuerpo y comenzaron a llorar. Es la primera vez que los veía así y mi alma comenzó a temblar. Se abrazaron fuertemente mientras que se preguntaban cómo había pasado. Ninguno de los tres lo podía creer.
El otro joven finalmente se retiró, al sentir que ya no era necesitado, pero antes llamó a una última persona, a mi tía para que comunicara la noticia.
Mis hermanos llegaron desesperados. Los llantos hacían eco en gran parte del piso del hospital. Incluso las enfermeras y el personal de limpieza y administrativo se unieron a las lágrimas al comprender que mi vida, en muchos casos normal, se había esfumado en un segundo, sin previo aviso y sin cuartel.
Luego llegaron mis primos y mis tíos. Todos, sin excepción, lloraban mi deceso.
Mi alma temblaba. Sus vibraciones me causaban malestar a pesar de haberme separado de aquel cuerpo que vivió apenas 30 primaveras.
Uno de mis tíos se ocupó de planear el velatorio y luego el funeral. Sería enterrado junto a mis abuelos, aunque hubiese preferido ser cremado. El entierro conlleva gastos exuberantes y una carga pesada a aquellos quienes aún permanecen en este mundo.
Apenas tuvo voz para hablar, mi prometida llamó a uno de mis amigos y le contó la noticia.
Él no lo podía creer, al igual que cada uno de los otros que se enteraron antes.
Un rato después, mi cuerpo fue retirado de la sala del hospital y fue llevado a la sala de velación donde esperaba impaciente mientras era vestido y maquillado.
Durante el viaje mi alma fue succionada por «algo» y llegué a un lugar donde por fin dejó de temblar. Un clima agradable, lejos del extremo calor anunciado por el servicio meteorológico y un cielo despejado fue lo primero que vi.
Me sentía en paz, relajado. como si mi cerebro hubiese liberado una gran cantidad de endorfinas. Lástima que mi cerebro ya no se encontraba conmigo y ahora solo era «algo», llevado por la situación.
En medio del cielo, una voz resonó en todo lo que quedaba de mi ser.
-Aún no es tú tiempo. Ve y disfrútalo. Elimina aquellos pensamientos de la cabeza. Eres amado aunque no lo admitan. Ve y disfruta de todos los placeres que te negaste que para eso fuiste creado.
Aquella voz se parecía a la mía cuando me hablaba para dentro, cuando pensaba, pero más solemne, con más fuerza.
Nuevamente «algo» me succionó y desperté en mi cuerpo mientras que me acomodaban para el velatorio. Estaba dentro del cajón cuando abrí los ojos y dejé helado al personal de la funeraria.
Nadie lo podía creer, ni yo mismo.
De esto han pasado casi dos meses y ahora, por fin, me siento capaz de disfrutar de los placeres de la vida. Mi apareciencia física me importa, pero no tanto. Mi trabajo me importa, pero no tanto. Quienes estuvieron llorando mi pasar, ahora me importan mucho más.
No se cuanto me durará este sentimiento, esta nueva vida, pero se que debo disfrutarla lo más que pueda.
Esta. Muy. Lindo. Ese. Cuento. Donde. Lo. Sacaron
Ya terminó in hindi luce tan bonita Ya terminé por favor
El cuento es de mi autoría. La última parte del mensaje no la entendí. Gracias.
Me gustan tus cuentos… debes leer y mucho. Plasmar el alma en una hoja en blanco no es tan sencillo.
Muchas gracias. Comentarios así alegran mucho. Lamento contradecirte, pero no. No leo casi nada. Esto es para no influenciarme con la escritura del autor. Sin embargo, escucho mucho. Desde cuentos hasta películas y programas. Les saco el audio y las pongo en el reproductor.